Poesías
José María Heredia
Breve noticia sobre D. José María de Heredia
Nació en Santiago de Cuba (ciudad de la
isla de Cuba en América) el día 29 diciembre de 1803.
Su padre D. José Francisco de Heredia,
magistrado íntegro y literato distinguido, se esmeró en darle por sí mismo
una educación completa y superior. Correspondió el hijo a los cuidados de
su padre, señalándose tanto, que a los 18 años era ya un poeta notable, y
a los 19 se recibió de abogado. Un celo mal entendido, pero excusable en
su edad, le hizo pronunciarse casi en su niñez por la causa de los
Independientes Americanos, conspirando imprudentemente con los que querían
establecer la independencia en Cuba, y la hubieran sin duda convertido en
otro tremendo ejemplar del [4] resultado de
funestas teorías, después del que había dado la isla de Santo Domingo
(Haití), a no haberse malogrado su proyecto.
Sea como fuere, el joven Heredia, no
contenido ya por su padre que murió de oidor de Méjico en 1820, se
comprometió en términos que se atrajo la persecución del gobierno español,
y se vio forzado a emigrar de Cuba, abandonando a su madre y familia en
1823: estuvo primero en los Estados Unidos del Norte, y pasó después a
Méjico donde su ardor patriótico y los sobresalientes dotes de su ingenio
le hicieron en breve distinguir entre los independientes. Casose allí en
1827 y nombrósele magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, y senador
de aquella república: cargo que todavía desempeñaba cuando en 1837 con
permiso del Gobierno Español pasó a la Habana a visitar a su madre,
hermanas y amigos.
Personas que le han conocido y tratado
desde su infancia, nos aseguran que su carácter es bellísimo, y si
exceptuamos los extravíos y desmanes a que le arrebató un juvenil
entusiasmo y los sueños de quiméricas instituciones, su conducta, dicen,
ha sido conforme siempre a los principios morales y sumamente religiosos
que su recomendable padre le había inculcado, principios que todas sus
poesías respiran. Hijo tiernísimo e idólatra de aquel a quien debía [5] su ser y educación hasta el extremo de
enternecerse ahora al mentar su nombre, buen esposo, buen padre de
familias, y buen amigo; certifican las mismas personas que es aún más
recomendable por las cualidades de su corazón, que por el genio superior
que le coloca al lado de nuestros más insignes poetas en el día. La
primera edición de sus poesías se publicó en Méjico en 1825, y la segunda,
de la que se han entresacado las que forman la presente colección, se hizo
en 1832 en Totuca (república mejicana). Dedicó esta última a su esposa,
con el soneto que abajo se copia.
En el prólogo después de hablar de las
vicisitudes de la opinión literaria que tuvieron sus escritos, y después
de indicar las discusiones que acerca de su mérito se originaron,
diciéndonos al paso que Lista le graduó de Gran Poeta, añade
hablando de su vida agitada: «El torbellino revolucionario me ha hecho
recorrer en poco tiempo una vasta carrera, y con más o menos fortuna he
sido abogado, soldado, viajero, profesor de lenguas, diplomático,
periodista, magistrado, historiador y poeta, a los 25 años. Todos mis
escritos deben resentir la rara volubilidad de mi suerte.»
Efectivamente así es, y no creemos que el
autor, según nos han asegurado, adaptase en el día muchas de las ideas que
sus escritos patrióticos encierran, como por ejemplo [6] plo el Himno del Desterrado. Por lo
demás en todas sus producciones se ve un corazón excelente y una
imaginación verdaderamente poética, pudiéndose asegurar con Lista, que es
un gran poeta y de los mejores que poseemos actualmente; ya que es
español, nuestros son sus talentos, sobre nuestros ricos modelos se ha
formado, y hasta podemos atribuirnos sus extravíos políticos; bien que
entregándose a ellos con la buena fe y rectitud de corazón que los hacen
perdonables.
Las poesías de Heredia tienen a nuestro
entender el mérito de una pureza de lenguaje que por desgracia empieza a
desconocerse en España. Son de un género que se aparta igualmente de la
monotonía y servilidad que se achaca tal vez con razón a los
Clasistas, y de la extravagante aberración de los que afectan
llamarse Románticos y creen serlo porque desprecian en sus
composiciones todas las reglas, todo enlace, sustituyendo palabras y giros
desconocidos a nuestros mejores poetas y escritores y coordinándolas de un
modo diferente del que exige la sintaxis de una lengua que se halla ya
fijada, como lo es la española.
El lenguaje de Heredia, en sus poesías
amorosas es siempre el de la sencilla naturaleza, porque era el de los
sentimientos que le dominaban al escribirlas. Su Lesbia existe, su Lola
también; el amor que manifiesta [7] a su
esposa, a su padre y a su madre, es el que realmente le animaba y anima.
Sus parientes y amigos a quienes debemos estas noticias, así lo aseguran.
Sobresalen en este género sus dulcísimos sáficos; La prenda de
fidelidad, el Romance, La Melancolía, y varias otras, todas
excelentes y tiernísimas. En las poesías serias y descriptivas es rico en
ideas, brillante y exacto en sus pinturas, y siempre moral y religioso en
sumo grado. Basta leerlas para que cualquiera forme de ellas el mismo
juicio. Las odas el Niágara, a una tempestad, al Sol; el
bellísimo himno a este rey de los astros, la letrilla Calma en el
mar; la oda a la Poesía, y la meditación en el Teocali
de Cholula son modelos del género descriptivo; así como lo son del
moral, las varias composiciones dirigidas a su padre, las odas contra los
impíos y a la Religión, y particularmente el poema la
Inmortalidad, en el que con maestría imitó y tradujo en
parte la noche séptima del célebre Young. En el Pindárico y Político se
distingue a nuestro entender la Oda a los Griegos; y por
la originalidad de su forma y plan, así como por varios pensamientos
sublimes, la Oda a Napoleón no indigna de este hombre colosal,
que bien y justamente se ve en ella caracterizado; como lo está también
Sila en la oda que dedica el Poeta a este famoso romano. [8]
Tal es el juicio que de Heredia hemos
formado y que nos mueve a publicar la presente colección selectamente
recopilada de la segunda edición de sus poesías cuyo manuscrito nos
franqueó un amigo, añadiendo a ellas otra inédita, que es la que tiene por
título: al Retrato de mi Madre. He aquí el soneto con que el
poeta dedica esta nueva edición de sus obras a su esposa.
En una tempestad
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Oda al huracán
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Huracán, huracán, venir te siento |
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y en tu soplo abrasado |
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respiro entusiasmado |
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del Señor de los aires el aliento. |
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En las alas del viento suspendido |
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vedle rodar por el espacio inmenso, |
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silencioso, tremendo, irresistible |
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en su curso veloz. La tierra en calma |
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siniestra, misteriosa, |
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contempla con pavor su faz terrible. |
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¿Al toro no miráis? El suelo escarba |
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de insoportable ardor sus pies heridos, |
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la frente poderosa levantando, |
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y en la hinchada nariz fuego aspirando |
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llama la tempestad con sus bramidos! |
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¡Qué nubes! ¡qué furor! El sol temblando |
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vela en triste vapor su faz gloriosa, |
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y su disco nublado solo vierte |
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luz fúnebre y sombría, |
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que no es noche ni día |
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¡pavoroso color, velos de muerte! [64] |
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Los pajarillos tiemblan y se esconden |
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al acercarse el huracán bramando, |
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y en los lejanos montes retumbando |
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le oyen los bosques, y a su voz responden. |
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Llega ya... ¿No le veis? ¡Cuál desenvuelve |
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su manto aterrador y majestuoso!... |
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¡Gigante de los aires, te saludo!... |
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En fiera confusión el viento agita |
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las orlas de tu parda vestidura... |
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¡Ved!... en el horizonte |
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los brazos rapidísimos enarca, |
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y con ellos abarca |
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cuanto alcanzo a mirar de monte a monte. |
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¡Oscuridad universal!... ¡Su soplo |
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levanta en torbellinos |
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el polvo de los campos agitados!... |
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En las nubes retumba despeñado |
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el carro del Señor, y de sus ruedas |
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brota el rayo veloz, se precipita, |
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hiere y aterra al suelo, |
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y su lívida luz inunda el cielo. |
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¿Qué rumor? ¿Es la lluvia?... Desatada |
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cae a torrentes, oscurece el mundo, |
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y todo es confusión, horror profundo. |
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Cielo, nubes, colinas, caro bosque, |
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¿Do estáis?... Os busco en vano: |
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desparecisteis... La tormenta umbría |
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en los aires revuelve un Océano |
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que todo lo sepulta... |
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Al fin, mundo fatal, nos se paramos: [65] |
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el huracán y yo solos estamos. |
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¡Sublime tempestad! cómo en tu seno |
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de tu solemne inspiración henchido, |
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el mundo vil y miserable olvido |
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y alzo la frente, de delicia lleno! |
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¿Do está el alma cobarde |
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que teme tu rugir?... Yo en ti me elevo |
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al trono del Señor: oigo en las nubes |
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el eco de su voz: siento a la tierra |
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escucharle y temblar. Ferviente lloro |
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desciende por mis pálidas mejillas, |
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y su alta majestad trémulo adoro. |
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(En 1822 de los 19 años de su edad). [66]
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